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LA GALLINA DEGOLLADA. H. QUIROGA

La gallina degollada
Horacio Quiroga

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?





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cuento fresco , por fidel

En el bar que permanecía todavía cerrado después de los saqueos de la semana se debatía la vida de uno de los borrachines del barrio.
Se practicaba el mete y saca en un rincón mohoso, y en un patio conventillero se apelotonaban niños con cigarrillos en la boca y olor perturbante a alcohol. Apostaban que “los grandes” iban a liquidar al papá de Mario esa misma noche, pero no sin antes agrandarle el agujero. Mario estaba sentado, pensando que la escena se iba a repetir, y que en unos años, siendo ya huérfano de padre y madre (pues su madre gozaba de una larga enfermedad) iba a estar hecho un perrito en un rincón y su hijo iba a llorar rodeado de futuros asesinos.
Mario temblaba de frío. Y ese odio iba a ser rencor.
Atravesando el patio por un callejoncito se entraba a un baño vomitado y saliendo del baño estaba el bar, oscuro y frío. Los adultos se sacaban los cinturones y le daban a más no poder al papá de Mario. El moso, y dueño del bar sentado en la barra quemaba un whisky y cada tanto uno de los niños se escurría por debajo de la barra y robaba alguna botella.
Pasaban las horas y no se terminaba. Aunque los pequeños apostadores seguían firmes a su imaginación fomentada por los gritos de dolor que venían del bar, Mario seguía firme en sus pensamientos, los cuelas son intranscribibles. Es tolerable, eso si, la descripción de sus ojos cansados, y de su cuello torcido apoyado en la baranda de una escalera gris que iba a ningún lado. Miraba la escena, dejado, pensando si iba a volver acompañado. Una muerte en la ciudad no vale más que unas horas de espera, y mucho menos en un bar clausurado.
De pronto un silencio ya viejo se acababa de descubrir. Todos lo oyeron. “¿ya está?” preguntó alguno. El tema central no es la muerte, sino la caminata del huérfano a su casa, por eso omitiré formalmente el pago de las apuestas y el destino del cadáver.
Mario cabizbajo recordaba el ritual de los judíos, ese de hacer macho al niño de 12 años, y pensó no sin gracia que el de los pobres era ese, vivir la muerte del padre entre humos de apuestas adolescentes.
El anochecer caía sobre los suburbios porteños y en la puerta de una casa preconstruida Moria el idiota del barrio idiota, con una prorroga vital de unos seis o siete meses. Con su lengua salida, y la panza cocida, rastro de su hermano siamés que duró unas horas, el idiota del barrio parecía reír como una hiena. Reía y en cada sonrisa se esculpía en las mejillas del nuevo hombre huérfano, el odio y la culpa. La culpa de seguir y dejar viva a la esfinge, modelo de los asesinos de su conciencia, representante legal de la sociedad, un golpe certero transformaría la risa en llanto, y con suerte para ambos acabaría la amarga espera del idiota.
Mario se sentó en el piso, delante del tarado, viendo de abajo la baba y los mocos verdes del estúpido, se sentó en canastita, como en la escuela, se sentó y espero. Nadie por ningún lado.
Seguro estaba Mario de que todos estaban escondidos esperando el puñetazo, seguro de que todos serían testigos y que el ejemplo de Mario, acabaría con la demencia, nadie por ningún lado. Cayó la noche con sus disparos policiales en ese suburbio, y las sombras habían tapado la silla de ruedas con el bulto que traía encima, un grillo bailoteaba invisible detrás del zombie. El cricricricri endulzaba la espera, se terminó la sonrisa con baba y el idiota se durmió, unos agujeros raskonikovianos se tallaron en la cara de Mario, se paró, y sus piernas rozaron las inertes rodillas del mongólico. Un contacto casi sensual. El silencio se profundizaba y el grillo ya era cómplice de la barbarie. Condujo al estúpido en la oscuridad por la calle de tierra hasta un descampado, y en un arrebato de recuerdos, deslizó con violencia al dormido en su silla de ruedas (que había adquirido la madre obesa con un el canje de su sexo) hasta verlo completamente en el piso.
El cuerpo callado entreabrió los ojos en forma de súplica y al entender que era imposible apaciguar la ira, optó por el llanto que con los golpes adecuados se transformaría en un simple sollozo. Sin estar seguro del destino de su primer patada, con los ojos casi cerrados y los dientes apretados, Pateó la panza de Nicolás, pues así se llamaba el enfermo, que en ese momento su estomago, hecho de un ADN enfermo, enviaba el vomito a la garganta. Se inundó la grieta de tierra donde estaban sumidos los dos asesinos, de amarilla vomitada. Vomito en los pantalones, pies, remera, cabeza, a cada patada se salpicaba el vomito un poco mas, y Nicolás emitía mas sustancia. La suela de los zapatos, tanto como los cordones y la lona estaba totalmente mojada del espeso líquido. Patadas en los pies y en los brazos, los ojos ya abiertos expulsaron el terror, los dientes separados y hermosos, brillantes como nunca, reían vergonzosamente. Primer parada el los hombros, unos segundos después, primer patada en el cuello, y mas tarde primer y última patada en la cabeza. No pensó en el sexo y su respectiva lujuria por el hecho del vómito mezclado con sangre, inadmisible hasta para un idiota.
Ni siquiera pensó en despedirse del muerto. Un charco verdoso de la profundidad de una chancleta inundaba al tarado.
Esa noche el barrio tan solo vivió dos asesinatos. Read More......

el niño proletarop, lamborghini, muy buen cuento

El niño proletario

Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria.
Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario.
El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado.
En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario.
Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande.
Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al nino proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror.
Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.

¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo.
La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre.
Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror
oh por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.
A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y. Nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión.
No desfallecer, Gustavo, no desfallecer.
Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación.
Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación.
Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce.
Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado.
Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor.
Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmernente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo.
A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.
Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer.
Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos.
Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano.
—Yo quiero succión —crují.
Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulosfalanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el coello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.
Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.
Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí.
Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden:
—Habrás de lamerlo. Succión—
¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer.
A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Era un espacio en blanco.
Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria.
Desde la torre fría y de vidrio . De sde donde he con templado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra.
Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto.
Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.
—Ahora hay que ahorcarlo rápido —dijo Gustavo.
—Con un alambre —dijo Estebanñ en la calle de tierra don de empieza el barrio precario de los desocupados.
—Y adiós Stroppani ¡vamos! —dije yo.
Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación. Read More......

metaforas del punk mas oscuro, dedicado a loquero y a los 90, par aun amigo que aún los anela,







Metaforas del punk mas oscuro

Fidel maguna

“Un amigo me contó que recién te vio, caminando bajo el sol por el boulevard, por la calle de los sueños que nadie soñó”, decía un viejo punk rock sentado en un café de Mar del Plata, repetía frases de su banda de los noventa, los noventa, ¿Qué helicóptero nos quita ese baile? Fiestas de disfraces donde cada uno se disfrazaba de lo que quería, y ese disfraz duraba en tu cuerpo una década. Ese disfraz se fue con las cacerolas parlanchinas de los bolsillos adictos a los agujeros.
Se expandió el sida por las calles, y uno de cada tres yonquis porteños disfrazó su sangre junto con el cuerpo, todo un gran disfraz. Se escuchó del baño del bar - ping pong como respuesta a nuestra conversación la voz ronca del viejo chary, el punk rock del que te hablé, nos dijo malentonando una canción que muchos años cantó “gracias por el sida amiga, ya no tengo miedo a este paraíso”. Se silenció el local, las pelotas de los ping pong cayeron al piso, y la voz que venía del baño entendió la reaccion.
Chary salió despacio, y con el salió el pensamiento, que, valga la redundancia siempre pensaba cuando estaba solo en el baño y afuera había gente, pensaba plenamente en el, y lo idiota que se veía en el espejo, en los demas pero como entorno a el, se sentía como un acusado de asesinato que nunca mató, pero al estar desnudo, y el entorno vestido su diferencia lo lleva a ser un verdadero asesino.
Nuestro heroe no es ningún asesino, o sí, pero esa filosofía me convierte a mí en asesino de cada uno de los que leen este texto, esa filosofía que no vale la pena seguir en un parametro tan reducido llamado papel.
El hijo del primo, del hermano lejano del dueño ausente del local murió de sida en los noventa, un “reconocidísimo escritor” para el dueño, pero un gay de cuarta para los unders que ahora cobran subsidios municipales. Yo no sé qué es verdad, ni qué es mentira, no sé quién tiene la verdad en este juego, soy uno de los tantos hijos del corralito y mi único disfraz en la vida fueron dos patillas largas hasta el mentón, ahora “es el año tres mil y sigo por ahí, hay un amigo mirando un partido y una mujer dandole placer” como dijo alguna vez él, ¿Qué objeto tiene nombrarlo tanto? Mírenlo, violado y requeteviolado por amantes de las metáforas como yo, estrujamos sus palabras y las desechamos al mar, no sin antes haberlas usado para escribir textos que buscan no aburrir al lector.
Chary Salió del baño, hubo unas piñas imitando a Mickey Rourke y nada más, todo terminó en un porro legal, de una planta legal, de un mundo que consigue la paz haciendo todo legal, cuando su entorno está basado en la ilegalidad del ser, lo único que de verdad importa. pero lo único ilegal, el humano, pero no importa, no, por que todo lo demás está permitido, y me alegra trasncribir otra cancion con disfraz noventoso, pero está vez no les habló de la banda loquero, sino que de otra que la muerte hizo mas famosa, la muerte hace fama, y eso recuerdenlo las vedettes que buscan fama chupando ilusiones, mueran como martires de una lucha que no existe y tu nombre va a ser el mas codiciado por las placas rojas, ahora a la frase “ya no esperen mas, maten a su suegra, matar ya es legal, torturandola…”.
Salí del bar donde el escenario ya era de Enrique Symns y se iba todo al carajo entonando a Sumo, doblé cuatro esquinas y llegué a mi pension Raskolnikoviana, los vecinos de biombo otra vez habían muerto temporalmente, y no son martires por el hecho de tener una lucha sujeta a la politica, y en su afán de cambiar al mundo recurrieron a una masa que piensa como ellos, pero solo genera modas a cada minuto, solo genera un ideal, y solo genera miles de ovejas negras, en la habitación de al lado murieron en vida dos anarquistas martires de su lucha, pero martires para su boletín menstrual politizador.
Me sonrojé al mirarme desnudo, rompí el chanchito, conté 5 pesos, vi que todavía no tenía barba y como estaba de moda puse un disco de vinilo, sonaba un tema gravado al aire, como parecen ser siempre los de esa calidad, se escuchaba un conteo en off, y el estallido de muchos instrumentos, revivieron con la música mis vecinos, y me gritaron que los de esa banda se hacen los anarquistas para vender, pero que nunca leyeron a Bakunin, y que firmaron con “uglilele” mi risita debido a mi barba que no existe se transformó en una carcajada, en un “juuuuua” después entrecortado por juacitos, no le gustó a los vecinos que necesitaban un mundo nuevo sin risas, y, como constestación, surgió del disco una frase que enmudeció hasta los pensamientos, la canción que levantó a los vivos y adormeció a los muertos, “pero antes, voy a contarles una buena historia, un recien nacido muerto en la vereda, su madre lo tuvo en una casilla de chapa, desayuno, almuerzo de veneno para ratas, ¿Cuál es el futuro de ese chabon? Yo que sé. Hoy hay show”
los setenta tuvieron sus muertos, sus heroes, lo mismo con los ochenta, y los sesenta, y los veinte y los noventa, la cronica ha perdido las circunstancias y no quiero inventar lo que no sé, por eso los que saben y conservan todavía el papel que yo hace tiempo arrojé al mar enojado, no tienen por que enfurecerse, sino comprender mis actos igual de innecesarios que los suyos y que los de rag, amigo marplatense de la calle bolivar que nunca quiso ir a ver a loquero pero si a Aldosivi, un tiempo estuve en esa pension, con olor a poxiran, necesite las palemeras de oroño y el olor a cloaca de Baigorria, en el primer bar de la estacion de mar del plata invité un seco trago de sudor al chary y al ladron de talblas de surf, a rag que discutía con el viejo José Sbarra sobre las metaforas de los redondos, y a José, los demas estaban todavía ilegales en un bar.

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texto del ciudadano 8/9



por Andres y Fidel Maguna

No es probable el fin de la vida determinado por el fin, pero tampoco es probable la probabilidad. De esta manera planeaba empezar mi texto, y lo que ahora se escribe no es mi idea sino la de otro escritor que empezó un libro de la misma manera, y me pareció coherente ese comienzo.
Estás tatuada en mi piel, y la secuencia de puntos es imborrable, le dibujé con tinta y aguja un trébol encima, y después otra cara, y sobre el manchón de piel teñida perdura tu rostro. Tu rostro copiado de la mejor foto vacacional, tu rostro feliz, felicidad infinita por tres días en el mar luego de 362 entre cuatro paredes tejiendo la simbiosis de lo irreal.
Fuimos en octubre por que no te gustaba la gente, y mientras volvíamos por la autopista A93 nos deprimimos por que todos iban escapando y nosotros llegando, momento previo a convivir con linyeras y prostitutas que se quedan para los empresarios acalambrados.
Durante la parte del viaje de entrada a la ciudad, esas dos horas de horizonte de cemento, de millones de ventanas a lugares donde conviven más millones de personas y fantasmas, de animales y objetos inanimados pero personajes secundarios y cuando no principales. Durantes esas dos horas, aproximadamente, con el tono laxo del fin de viaje, de la forma de cansancio que toma la desazón, la falta de energía y aliento ante la segura insensatez de las rutinas de la vida. Con ese tono laxo, durante esas dos horas, charlamos de cine, de las películas que de alguna manera nos habían marcado, y vos me empezaste hablando de “El viaje de Chihiro”, que habías visto a los 11 años, y de cómo te había abierto a la percepción de lo mágico en la vida cotidiana, sobre todo en la cocina. Yo te dije, y no sé por qué la relacioné, que de la misma manera me había marcado “Noche y niebla”. Vos te quedaste callada, y con una rápida mirada me di cuenta de que llorabas sin querer que se notara.
Saltamos una villa miseria que se consumía detrás de nuestras ventanas, y luego de un camino de fábricas estaba nuestra casa, nuestro departamento, ya sin cable por la falta de pago, y con el calefón roto por nuestro apuro de una duchita rápida antes de viajar.
Todo está como antes, y como siempre, todo se derrite y se ensucia con limpiadores de cocina. Y si en vez de haberte abierto la cabeza con “El viaje de Chihiro” hubiese sido con “Los 400 golpes” ahora no estarías acá conmigo, y sí viviendo con monedas que te deja la poesía, fumando marihuana en una pensión barata, rodeada de lúmpenes a los que les gustan las viejas, más si son poetas y ya no creen en el amor.
Pero estás conmigo siendo mi mujer, sos mía y de nadie más, sos mi objeto amoroso, y mi personaje favorito de la novela sexual en los viajes de negocios.
Pero viste “El viaje de Chihiro”, y te marcó ese cuento fantástico japonés, y tal vez por eso usás trencitas, minifalda, colorete que arrebola tus mejillas, y te depilás las cejas para que parezcan dos rayitas, paréntesis horizontales en línea. Y tal vez mi “Noche y niebla” haya tornado mi carácter en taciturna introspección, una especie de seriedad que parece enojo. Quién sabe. En esa parte de ese viaje pasó eso, y vos lloraste y a mí me dio más ternura que risa, porque el sarcasmo y la ironía no cuajan con las lágrimas.
“Son las mil quinientas después de Cristo” dijo tu viejo el General al irse cuando vos tenías 12 virginales años y yo acababa de cumplir los 15 atolondrados, engranados y asementados. “Se fue papá”, me dijiste, y te llevaste la mano al bolsillo para luego sacar un chupetín de limón, y entre risitas japonesas me preguntaste si yo quería. Te me acercaste y me diste un beso lleno de azúcar, con saliva pegajosa y gusto a limón. Y como la más Lolita de las Lolitas me pediste que volviera al trabajo, pues en ese entonces yo era un jardinero judío en ese pueblito de Córdoba. Un pobre jardinero que ahorraba las monedas que tu papá me daba a cambio de mi sudor, y posteriormente a cambio de mis lágrimas por vos, y claro, el sudor para conseguir una probada de tu helado de limón.
Ahora todo cambió desde que leímos juntos “Los hermanos Karamazov”, desde que tu papá el General es sólo un recuerdo borroneado entre sierra borroneadas cuyas reminiscencias nunca aparecen en la ciudad, entre el gris de las chimeneas que apenas permite respirar pero a veces nos hace pensar que tal vez así, chimenea más, chimenea menos, son París o Nueva York o Río de Janeiro. Porque somos urbanos hasta los tuétanos y los hermanos Karamazov convivieron con nosotros un par de meses, con sus peleas y sus encuentros, sus desencuentros y sus amores.
Matamos el recuerdo, no como lo mata Freud, matamos el recuerdo sanguinariamente, lo picaneamos hasta que diga basta y la psicologia se achico ante tanta tetosterona con indicios rusos, se achico el comunismo, y se achico cristo ante nosotros los barbaros, los que matamos a tu papá no con darle fin a la vida, sino yéndonos al mar mientras agonizaba presa de la energia negativa.
Y ese es el crimen perfecto el que no tiene castigo sino la indiferencia, el que es impune, a no ser que te lleve a otro mas grande, como el que leimos en voz alta todas las mañanas durante un mes, “el extranjero” de ese autor con cara de mono francés.
Sos la poeta que no fue, la reina de los yonquis bukowskianos, la madame whisky, que no trascendió, sos una mujer que ahora arregla el calefón sudando, mientras me tomo un te, un chorro de agua tibia te mojó el escote, tenes un trapo en la frente y eso me encantá, como se dio vuelta todo, ahora sos vos la que suda y llora para tener un poco de mi chupetin de chocolate, menos mal que fue el viaje de chihiro. Read More......

teoria de los cuatro años

Contamos con 4 años de ventaja. La vida empieza desde donde nosotros mismos sabemos que está y donde nosotros mismos elegimos, elegimos empezar a recordar.
Creo que 4 años es una edad donde contamos con cierta madurez, como para elegir los momentos mas precisos que quedaran para siempre, solo si creyéramos en un siempre efímero.
Mi hermana sol nació cuando yo tenia tres años, por eso no recuerdo bien como le brinde amor si es que le brinde, pero creo que hubiese sido sin mucho sentido, a no ser que se lo brindara a mi edad de 8 años, así ella recordaría, con un menor margen de error, por que si brindo amor a un chico de 1 año probablemente no lo recuerde, a no ser en el inconsciente, pero eso ya no seria recordar.
No recuerdo mi viaje al sur que hicimos cuando cumplí tres, y cuando siento que lo viví, se que fue otra persona, no el actual FIDEL MAGUNA. Por eso digo que el amor desde cero es algo egoísta, mis padres recuerdan con nostalgia mi cumpleaños de un año, (que eso no esta ni en el inconsciente) recuerdan los gastos “bien hechos” pero no quieren saber que yo no lo viví. Ni siquiera lo vivió el viejo FIDEL, el Fidel de un año.
Pero no esta mal ser egoísta, o por lo menos todos lo somos, yo lo soy, lo soy con mi hermanita que hoy cumple tres años, que esto no lo va a recordar, presumo que hoy soy mucho para ella, pero que si mañana muero en nada la afectará.
Pero yo soy feliz, por eso aprovecho esta primera vida que ella esta viviendo. Puedo decir entonces, que ZOE, m hermana, le queda un año de esta vida, después vivirá otra, la vida del recuerdo. Read More......

un texto que escribí no está traducido al castellano con sus respectivas reglas, opinen que piensan.

«Levanta el animo y puede ser un joven otra vez. Sale la vida por la esquina y no la podemos encontrar, no se por que hablo en plural, solo que el saber es algo pasajero, inutil en el estado de coma eterno. Sale el colectivo a las 4 de la mañana y a las 11 ya esta en cordoba, y el mundo es chico, la utopia una amiga, que va de la mano con la musa mas cercana del mundo. Todos somos poetas que vivimos apartados en campos sentandonos debajo de los arboles azules de la naturaleza menos monotona del mundo. Aquí todas las mujeres se quitan la grasa con una mano y con la otra se la ponen en las tetas, solo las putas son fertiles, las mujeres son hermosas, los hombres normales, las calles personales, el mundo esta desnudo, sabe que esta por termionar, nos permite un suspiro final. Borges se detiene en el tiempo en el momento justo donde experimenta con la cocaina, como el dijo, y no es mas que un drogadicto, maradona en el gol a los ingleses, ese es nuestro dios, u mundo donde los mas genios son solo dioses o drogadictos, ese momento es la utopia que veo en el horizonte palido, en el horizonte que levanta las manos para presentarnos al sol, pero este nunca sale, es solo el rosicler la unica luz que conocemos. Es un mundo de sueños, donde los chistes de los mas pobres son sobre la comida y los judios en los bares se amontonan para escuchar a hitler que no es mas que un comico explotado por la unica multinacional: el partido comunista. Pero tranquilos oyentes que esto no influye en nuestras vidas, pues ya los tenemos tras las rejas compartiendo la celda con borges, que con sus ojos casi ciegos lo asusta al che guevara, con la nariz palida, pidiendole una moneda.
Los edificios estan en la periferia, las casas de chapa en el rio, o en bancos de arena, todos los pecadores forman parte de nuestro favorito dilema “todos los balcones tienen a su suicida” los sueros de los viejos jipis estan saturados con hojas de faso asi mueren tranquilos, perturbando a sus hijos que se meten con valiosos centavos en corazones de manzanas, pidiendo perdon por sus pecados, pero que a la vez no son tan pecados, pues contradicen a lo que el otro pide, esos son los motivos de los flajelos, pues los mas impuros perdieron toda la fe, no se preocupen estan tras las rejas, estos si con bolcitas encajonadas en el culo para repartirles a los genios del mundo, reiteramos, estan presos.»

-Las manos salpicadas en saliba del ultimo insulto mancharon el teclado con particulas de sangre, gritandole al oyente telefonico “me serruyaste el piso y te llevaste a mi musa, la cogiste y la dejaste, desvirgada en un rincon, ensangrentando todo su habitad” cuelga el oyente apresurado por volver a discar a alguien que la calme, no es mas que la novia idiota, recordemos que una genia en la utopia, con los cabellos azulados por vivir en el campo, ex novia de grandes genios como los extranjeros norteamericanos exiliados de las garras asesinas de FIDEL.-

«Colon con walt disney nada en el agua congelada esperando el remedio para la soledad, que esta por llegar, pues einstein reunido con henrich boll lo pudieron idealizar en un sotano oscuro debajo de la segunda ciudad underground.»

Colcluyo asi el poeta este relato, no con alivio, enojado por lo que habia dicho, desilucionado por dedicar sus años a proyectar un futuro que nunca iba a llegar, que al mas idiota le publican sus textos, que al gorrita y billete en mano, forro pinchado, atado de diez rosario de plastico, novia cornuda, a ese es al que se le publican sus textos. Read More......